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401 EL CANTO DE AMISTAD DE KEIITI Y RAÚL

Mi padre, Raúl Estévez, geofísico y apureño para mas señas, fue jefe-fundador tanto del Departamento de Física como del Laboratorio de Geofísica de la Universidad de los Andes. Eran los años de los sueños de construcción de una Venezuela potencia en investigación y tecnología, a finales de la década de los sesenta del siglo que pasó.



Ya para finales de los años ochenta, fundó la Escuela Latinoamericana de Geofísica, maravilloso centro desde donde a lo largo de 7 fructíferos años, se pensó e investigó mucho sobre esta tierra inquieta que no deja de bailar.



Para uno de los congresos de la Escuela, mi padre quiso traer a Keiiti Aki. Pero a Keiiti Aki era imposible pagarle honorarios en caso de que los pidiera. Keiiti Aki era el geofísico más importante del planeta.



Mi Papá, estratega excepcional, comenzó a averiguar qué le gustaba al afamado japonés.



A Keiiti Aki le gustaba mirar pájaros.



Mi padre le hizo una invitación. Eran los tiempos en que las invitaciones eran de papel, así que puedo imaginar a Keiiti rasgando un sobre en su oficina de la Universidad de California del Sur (USC), y deteniéndose por minutos a observar las fotos de aves y paisajes de Venezuela que mi padre había colocado en el sobre junto a la invitación.



Keiiti Aki aceptó venir.



Mi padre le prometió trinos y paisaje. Bandadas en llanos inundados. Plumas rojas en Falcón. Loros regresando al atardecer en medio de la algarabía. Parques andinos con picos asomándose entre barbas en los árboles.



El congreso fue en Mérida. Pocas ocasiones para el descanso dejaba el congreso, aun así mi padre se las arregló para llevar al pausado japonés de cálida sonrisa a un parque rico en aves.



Cuenta mi Papá que Keiiti Aki no tenía cámara. Un japonés sin cámara. Cuenta mi Papá que él se sentó en ese parque y se puso a dibujar lo que veía. El sismólogo más importante del siglo veinte dibujaba pájaros.



Cuando terminó el congreso, mi Papá quiso darle un regalo a Keiiti. Le regaló a Venezuela con contundencia teatral. Lo montó en su carro, cruzó los páramos, bajó por el pie de monte andino, comieron carne en vara en Barinas, cruzaron los arrozales de Portuguesa y un poco más allá de San Carlos cruzaron a la derecha y enrumbaron brújula hacia el Hato Piñero.



Mi Papá llevó a un japonés a ver pájaros, literalmente al Edén en la tierra.



Mi Papá no tenía dinero para quedarse a dormir en el Hato, le dijo un par de mentiras blancas al sismólogo para excusarse, y se fue a dormir al Baúl; pero resultó que en el único hotel del Baúl al dueño no le pareció atractiva la oferta de mi padre de quedarse a dormir más de una hora y de paso sin compañía.



Ya de noche, estaba mi Papá nuevamente en la puerta del Hato y no le quedó otra que confesarle a su invitado que no tenía en donde dormir. Esa noche Keiiti Aki y Raúl Estévez compartieron habitación como dos estudiantes universitarios.

Fueron dos días maravillosos. Días para ver mas de trescientos tipos distintos de aves. Días de chigüires, babas y garzas rosadas.



II



Ya amigos, mi padre tuvo la confianza para confesarle a Keiiti Aki que lo había estudiado previamente para convencerlo. Le contó como se había enterado de su pasión como observador de aves y como había usado eso como señuelo.



Keiiti Aki le dijo que jamás había pensado en una ave en su vida (¡A mi padre le habían dado información errónea!) y que en vista de la pasión que mi padre mostraba por ellas, por respeto de visitante lo había seguido a cada paseo. A cada plaza.

Y Keiiti Aki le agradeció a mi padre por haberlo introducido a una nueva pasión, y le contó que había sido uno de los viajes más hermosos de su vida.



Antes de irse, Keiiti Aki le dejó como ofrenda a mi padre uno de los dibujos de ese viaje y le dijo:



- Raúl, en Japón vivimos para el trabajo, en los Estados Unidos vivimos para nuestro estado físico; pero ustedes Raúl viven para la amistad.



III



Si. En Venezuela vivimos para la amistad. No lo digo yo. Lo dijo un japonés.



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