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403 LA COMIDA DE LAS BODAS

Tengo un defecto de nacimiento que ha sido un peso enorme en mi vida. Lastre que me mantiene amarrado a las sillas en noches de jolgorio. Minusvalía que me ha hecho ver con envidia a quienes han nacido normales, y preguntarme porque yo. He tratado de superarlo, he tomado inclusive clases para aprender a integrarme a la mayoría; pero no, por mucho que lo intento no aprendo a bailar. Peor aun, por mucho que lo intente no me gusta bailar, como que si de un defecto cerebral se tratara. Para alguien de naturaleza social como la mía, no pueden ni imaginarse la pesadilla que fue mi adolescencia cargada de quince años, discotecas vespertinas y graduaciones. Me escudaba diciendo que era un nerd, con sonrisa burlona de niño seguro, pero en el fondo sabía que a esa edad el argumento de la materia gris no impresiona a nadie. Una pesadilla. Una verdadera pesadilla.

Todo cambió con las bodas.



Cuando tuve la edad para que me invitaran a bodas, la comida vino a mi salvación. Resultó que, llegado el momento de la orquesta, cuando veía con aprensión que parejas sobrexcitadas se halaban de las manos e iban rumbo a la pista central anunciando el momento de los malabarismo y las volteretas expertas, todo el mundo veía perfectamente normal que yo, el nerd, me levantara a servirme un plato del bufet y me sentara a comer y a hablar. Por primera vez era un ser normal en un mar de bailarines. Entendí entonces el tremendo poder que puede tener la comida, y entendí que esa es una de las tres grandes funciones de la comida en una boda: entretener. Compañeros de mesa aburridos que apenas contestan con monosílabos, incapacidad para bailar, ganas de quedarse hablando con alguien muy interesante sin saber como retenerle, miedo a poner la cómica por la falta de costumbre a la hora de beber mucho alcohol… ¡Todo solucionado gracias a la comida que no cesa mientras dure la boda!



Pero entretener no es la única función de la comida de una boda. La otra, la más difícil, es complacer a la más variopinta población posible, en donde todas las manías, alergias, gustos, religiones y costumbres están presentes. La clásica pesadilla de la crítica a la calidad de una boda que tienen los padres de los novios, casi siempre consigue en la comida el chivo expiatorio perfecto. De allí que aprender a planificar un menú absolutamente ecléctico, uno que deje contento hasta al más rezongón de los invitados es tarea fundamental. De hecho, los menús ideales son aquellos en los que el comensal toma las decisiones finales y por lo tanto pasa a ser responsable de sus propios inventos. Coloque platos con lonjas de pescado ahumado y a un lado platicos con mayonesas, vinagretas y vegetales picaditos; y con ello le dará al comensal la decisión de cómo servírselo ¡Y nadie se queja!, tal como viví una vez en la que estuve en una fabulosa boda filipina en la que había mesones con diferentes vegetales, diferentes carnes marinadas, diferentes tipos de fideos y diferentes tipos de salsas; y a los lados planchas calientes en donde cocineros salteaban exactamente lo que uno pedía que se revolviera allí. Resultó una maravilla porque vegetarianos, carnívoros irredentos, judíos, musulmanes, orgánicos, amantes del picante, celiacos… ¡Todos felices porque estaban cenando exactamente lo que les gustaba!



Esa es la segunda gran función de la comida de una boda, lograr que todos los invitados se sientan exactamente eso: invitados.

Finalmente, la tercera gran función de la comida de una boda es mostrar ante la sociedad que tipo de personas somos. La opulencia o la constricción que deseamos mostrar. Lo cosmopolita o lo nacionalista que nos sentimos. Lo sibaritas o apegados a las tradiciones. Lo coherentes ante el concepto de la fiesta. Lo inteligentes a la hora de entender los ritmos de la gente sabiendo dosificar la comida a medida que se desarrolla la noche. Inclusive nuestra generosidad. Todo ello resumido en algo que pareciera tan sencillo como es el listado de platos a servir.



Entretener, consentir y mostrar nuestra alma. Tres aspectos nada despreciables a la hora de decidir el menú de una boda. Tres aspectos que deben dejarse en manos de quien entiende eso, y no en manos de quien solo cocina sabroso.



… y al amanecer, cuando el trinar de pájaros anuncia el éxito de la fiesta ¡Sírvase el consomé!



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