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404 CARTA A LOS DISEÑADORES INDUSTRIALES

Chela vive en la vieja carretera que une a Los Robles con La Asunción. Pocos carros pasan por allí desde que se hizo la autopista, lo que es una suerte porque la zona conserva un testarudo aire rural a apenas un par de kilómetros de una isla de Margarita que va modernizándose desordenadamente. El patio de su casa es un caney de unos 60 metros cuadrados, de piso pulido, columnas de cemento prefabricadas de las que se compran en mitades y se ensamblan, varias hamacas guindadas justo en el borde, y un techo de palma de factura impecable. Un poco más allá, en una pequeña área también techada pero separada del caney, ella y su esposo construyeron hace 14 años una cocina lo suficientemente cómoda como para hacer sancocho para 50 personas.



Un sancocho de cachúa con quimbombó, ocumo y pan de año, humea quedo. Algunas personas pican en cuatro tortas de casabe. Llego puntual a la invitación de domingo al mediodía. Hay bastantes carros en la estrecha vía de tierra y la algarabía que escapa desde adentro del muro perimetral del terreno de Chela, anuncia una buena tarde. Me recibe radiante la anfitriona y a medida que me acerco al caney, una enorme pancarta dice “GRACIAS POR EL APOYO A NUESTROS EMPRENDIMIENTOS” y más abajo están los nombres del chef Rubén Santiago, el mío, el logotipo de un espacio que hice para vender sus productos llamado “Rincón Asuntino”, y los logotipos de una universidad, una alcaldía y un ente de turismo.



¡He llegado a una fiesta en mi honor! Más allá de lo halagador que es y del masaje que es para mi ego saber que me agradecen el esfuerzo, esta fiesta significa muchas cosas. Cosas por las que muchos venimos trabajando desde hace varios años.



II



El movimiento de pequeños emprendimientos gastronómicos en la isla de Margarita es notable. Telúrico. Literalmente se dio una tormenta perfecta en donde aunaron fuerzas organizaciones civiles y gubernamentales de gerencia cultural, alcaldías, universidades dispuestas a dar herramientas en emprendimiento, ONG´s estableciendo cultura financiera y chefs con mucho ánimo de sudar y hacer transferencia tecnológica. No existe una sola semana en la que en varios lugares de la isla no haya eventos de calle para comprar los productos que se hacen cada día en casas de familia; y ya es normal verlos en los bodegones compitiendo con las exquisiteces importadas.



Los chips de pan de año de Alberto, los chorreaditos de coco de Helen, la mermelada de ají dulce de Doris, los dulces de Chelita, los antipastos de Ryna, los panes de Lourdes, los bombones rellenos de frutas margariteñas de Michelle, el licor de ají de Mariflor, los frapés de Rubén, los aceites y harinas de coco de Enmanuel, la miel de papelón de Mary, el licor de tamarindo de Elianny, las pepitonas picantes de Freddy… ¡Nombres y nombres y nombres de personas y productos que la gente se sabe y busca! Un país, unos sueños, una expresión cultural, envasados en frascos. Una Venezuela para exportar.



III



Todos esos emprendimientos surgieron de personas con buenas ideas pero con mucho miedo. Todos emprendimientos familiares y en todos están involucrados varios miembros de la familia. Todos los involucrados tenían sus trabajos regulares, su quince y último, y en sus ratos libres fueron pasando por una compleja curva de aprendizaje que pasa por saber aprender a cobrar, garantizar insumos, decir siempre si tengo, descubrir que las recetas no quedan igual y aprender a resolverlo, patear la calle para inscribirse en festivales de calle o convencer al dueño de un supermercado, sufrir competencia que aparece luego de allanado el camino, preguntarse cual es el equilibrio entre costo y ganancia sin salir del mercado, preguntarse cuantos días durará el producto antes de deteriorase, tener miedo de la palabra inspector de impuesto sin haber visto ganancia, preguntarse cuanto dinero de las ventas usar para el mercado de la casa y cuanto destinar para re compra de insumos en una economía inflacionaria, descubrir que sin dinero no hay publicidad y sin publicidad no hay venta, hasta entender que la publicidad del emprendedor familiar es buscar alianza con periodistas y personajes famosos.



Miedo. Miedo sobre miedo. Miedo que no te permite abandonar el trabajo de quince y último, y no abandonar esa rutina es un muro infranqueable que no deja desarrollar el emprendimiento. La serpiente se muerde la cola.



¡Y un día se atreven! Se lanzan al vacío. Queman las naves. Le dedican 24 horas a desarrollar su emprendimiento… y hacen un sancocho en un caney lleno de hamacas.



IV



Aprender que se puede vivir de un emprendimiento es aprender a ser sustentable, lograrlo es un momento de inflexión en extremo complejo que toma mucho tiempo, pero es apenas el comienzo porque el gran reto, mas que ser sustentable, es ser sostenible. Es decir, descubrir los mecanismos para durar en el tiempo. Aprender a predecir y ser resiliente. Puede sonar cruel, pero luego de un esfuerzo ingente, y cuando finalmente logramos mantenernos económicamente gracias a nuestro emprendimiento, es que descubrimos que apenas estamos en la fase inicial. El verdadero lance no está en vivir de un negocio, sino en vivir por mucho tiempo. En convertir esas empresas familiares en empresas de vida.



En el caso de Margarita hemos logrado un paso trascendental al lograr que muchas familias estén manteniéndose con lo que hace unos años era apenas un capricho de feria de calle. De hecho ya algunos de los productos dieron el gran salto a los anaqueles de los bodegones y supermercados más prestigiosos. Es cuestión de tiempo, y de resolver algunas trabas burocráticas y de capacidad de producción, para que crucen el charco y lleguen a tierra firme, que es como los margariteños le dicen a todo aquello que no es isla.



Pero en medio de todo este trabajo coordinado, dejamos por fuera una piedra angular: diseñadores gráficos, publicistas y diseñadores industriales; y si no tomamos acciones pronto, esa omisión puede ser un error muy costoso. Uno que inclusive podría bombardear las probabilidades de sostenibilidad del proyecto.



V



Eso que llamamos estética es algo que nadie decreta pero que nos envuelve. Las líneas de un auto, el corte del cabello o de la ropa, la posición en el cuerpo o el estilo de un tatuaje, la forma o el material de los lentes, hasta las portadas de los libros. Todo tiene un estilo que representa a generaciones específicas y establece distancia entre aquello que llamamos antiguo y aquello que consideramos actual. El acto de comer no escapa a ello. Las vajillas, las fotos de comida, la forma de presentar los platos, los ingredientes en boga, las tendencias gastronómicas, lo sano y hasta la forma de describir un plato en el menú; todo está sometido a formas estéticas muy específicas, y no entenderlo es la diferencia entre vender y no vender.



Mi angustia es grande. En este momento los frascos y bolsas de nuestros emprendedores reinan tranquilos en los anaqueles. La razón no es otra que el hecho de que la crisis vació esos anaqueles y por primera vez se abrió espacio para este tipo de emprendimientos familiares. Pero eso no será así por mucho tiempo. Este país está cambiando y ese cambio es inevitable. Pronto será posible importar de nuevo y en ese momento nuestra mermelada, o el jabón artesanal, o la bolsita de lonjas crujientes de pan de año, o el vaso de cepillado, dejarán de estar solos en esos anaqueles. Tendrán competencia.



La primera decisión de compra siempre la tomamos con los ojos, es apenas la segunda vez que la decisión la define el gusto. En pocas palabras, a la hora de comprar una mermelada gana la botella con la etiqueta más bonita y sólo probaríamos otra si la primera no nos gustó.



¿Pero que significa la botella con la etiqueta más bonita? Pues aquella que tiene la forma, los colores, el tipo de letra, el eslogan, el nombre y la información sobre el producto en la etiqueta trasera, que los clientes esperan y que se parece a los gustos de esta generación de compradores.



Y no queda sólo allí. También detalles como la forma de un paquete, la facilidad a la hora de abrirlo, la facilidad de guardarlo si no se va a consumir completo o el sonido al abrirlo influyen en las decisiones de compra.



Hacer bien todo eso es tarea de expertos. Así como rara vez queda bonita una casa si no es un arquitecto quien la diseña, rara vez queda bonito un empaque o una etiqueta cuando la hacemos con una plantilla en una computadora en casa. Zapatero a su zapato.



Sería un espanto que luego de todo lo que se ha logrado, se venga abajo la experiencia por no haber involucrado a los diseñadores. Acepto mi cuota importante de culpa en ello.



Mi llamado es concreto. Sin medias tintas: Escuelas de diseño, diseñadores, tomen los casos de emprendimiento gastronómico de Margarita y donen saber a esas familias.



Si nos dicen que si, con gusto los invitamos a un sancocho en un caney y les echamos el cuento. En sus manos está la posibilidad de que el pueblo le hable de tu a tu a la importación en los anaqueles. Un pueblo que ya hizo el trabajo inmenso de envasar nuestros sabores con calidad.



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